Hablar de la muerte no es dejar de amar la vida. Es aceptar que forma parte del camino y atrevernos a pensar, con tiempo y sin miedo, cómo nos gustaría despedirnos.
Cuando llega el final de la vida de una persona de nuestro entorno más inmediato, de una persona querida, puede ocurrir que lo hayamos visto venir o que nos encontremos, de repente, ante un hecho consumado.
Para decirlo claramente: nuestros seres queridos morirán, como usted y como yo, y algunos lo harán antes que nosotros.
Quizás enfermen y vivan unos meses —en el mejor de los casos, unos años— desde el momento del diagnóstico hasta el día de su muerte. O quizás se irán haciendo mayores, irán perdiendo facultades y un día exhalarán dulcemente su último aliento.
Quizás nosotros estaremos a su lado, cogiéndoles la mano y diciéndoles que los queremos, que pueden irse tranquilos, que estaremos bien.
O quizás estaremos a su lado rezando para que se produzca un milagro, esperando que el médico nos diga que, al cabo de unos días, podremos volver a casa.
También puede ocurrir que una mañana se despierte y descubra que su compañero de vida, que rebosaba salud, ha dejado de respirar durante la noche porque le ha sobrevenido una arritmia silenciosa y traicionera. Y que se quede pensando que no puede ser, que lo está soñando, porque la noche anterior estaba como si nada.
También le puede ocurrir que un día le llamen de madrugada y le digan que vaya deprisa al hospital, que su hija ha tenido un accidente y está grave. Y que usted vaya y su hija esté muerta.
Sé que muchos se preguntarán: «¿Y ahora, por qué nos cuenta estas cosas tan desagradables?»
Las cuento porque a mí me han pasado, de la misma manera que les han pasado a tantas otras personas y familias en todo el mundo. Y porque también le pueden pasar a usted. Nos pueden pasar a cualquiera de nosotros.
Y, por si no fuera suficiente con la tristeza —y, en algunos casos, con el choque, la consternación, la rabia y la impotencia—, cuando la muerte llama a la puerta debemos hacer frente a la inquietud de empezar a gestionar un funeral.
Y como siempre hay una primera vez —o quizás no—, como no lo habíamos preparado antes porque pensábamos que a nosotros esto no nos pasaría nunca, como no lo habíamos hablado con la familia y ahora nos dicen que debemos tenerlo todo listo en veinticuatro horas, acabamos tragándonos la fórmula que nos impone el sistema.
Pasamos por una cadena de montaje y acabamos gastando un dinero que, a veces, ni siquiera tenemos y que debemos pedir prestado, para recibir un servicio impersonal y frío, en el que todas las familias son tratadas como si fueran clones las unas de las otras.
Ahora bien, a pesar de la dureza de esta realidad, no soy, ni de lejos, una persona triste. Tampoco quiero transmitir tristeza ni pesimismo. Nada más lejos de mi voluntad.
Amo la vida. Disfruto de los pequeños momentos. Me maravilla un amanecer, me emociona una canción y me llena de ternura un pequeño gesto de solidaridad. Encuentro un sentido profundo en el hecho de ayudar a los demás a despedirse de las personas que aman.
En definitiva, estoy muy viva. Me gusta vivir y, a ratos, soy muy feliz.
Pero amar la vida no me impide aceptar la muerte como una parte inseparable de mi existencia – y de la suya. Y es precisamente esta aceptación la que me permite hablar de ello con naturalidad, sin esconderla ni convertirla en un tema tabú.
Porque, si fuéramos capaces de hablar con naturalidad de nuestras muertes —de la propia y de la de las personas que amamos—, si pudiéramos anticiparnos sin miedo y tomar algunas decisiones con tiempo, ¡qué diferentes, personales y bonitas podrían llegar a ser nuestras despedidas!
Algo se está moviendo. Cada vez hay más conciencia, y muchas personas ya están empezando a hacerlo de otra manera.
¿Y usted? ¿Ha pensado en ello?
Francina Jaumandreu