Una voz íntima y madura reflexiona sobre la dualidad vida y muerte, así como sobre la arbitrariedad del paso del tiempo. Este texto es una meditación en torno a aquellas ausencias que nos marcan profundamente y, a la vez, una confesión emocional honesta, que nos invita a conectar con las propias vivencias y sentimientos.
Nada es en vano. Ni la muerte, ni la vida, ni todo lo que sufro de vivir tanto por la muerte, o de morir tanto por la vida. Una estrella fugaz ha pasado por este trozo mío de vida, tan intensa y brillante que ha despertado mis sentidos y no me deja volver atrás.
Ha pasado otro año, según los cálculos de los terrícolas. Ha pasado una eternidad, según lo cuentan los ángeles. Algún día me serán iguales los años, como me serán inútiles los tiempos verbales para explicarles esto. Todo lo que he vivido hasta ahora, en alguno de mis mosaicos existenciales, ahora se amontona en un caos perfectamente diseñado para ser eterno presente.
Chispas de plata fosforescente iluminan el azul marino-negro del mar de noche, y se confunden con plancton.
No sé si se me entiende. No sé ni si me entiendo yo.
Quizás no hacen falta tantas palabras para decir que querría oír tu risa aunque fuera una vez.
Otro año, más lejos del pasado, otro año, más cerca del futuro… Sueño el día en que todo será eterno presente y le haré una peineta al tiempo. Hoy todavía no tengo ese don.
Francina Jaumandreu
Septiembre 2015