Lo que sí debes decirle a una persona afligida por el dolor.
Algunas cosas en la vida no se pueden arreglar. Sólo pueden sobrellevarse.
El duelo es brutalmente doloroso. No sólo ocurre cuando alguien muere. Ocurre cuando las relaciones se desmoronan, cuando se hacen añicos las oportunidades, cuando la enfermedad nos debilita.
La pérdida de un hijo no se puede arreglar. Ser diagnosticado con una enfermedad degenerativa no se puede arreglar. La traición de una persona de tu máxima confianza no se puede arreglar. Estas cosas sólo se pueden sobrellevar.
Si te has enfrentado a una tragedia y alguien te dice de alguna manera que la tragedia estaba destinada a suceder, que pasó por una razón, que te hará una persona mejor, o que llorar no arreglará nada, tienes todo el derecho a eliminar a esa persona de tu vida.
Sí, la devastación puede llevar al crecimiento, pero a menudo no lo hace. A menudo destruye vidas – en parte porque hemos sustituído el duelo por el consejo. Con tópicos.
Las pérdidas en sí mismas no me hicieron una mejor persona. De hecho, en cierto modo me enrarecieron.
Mientras que las pérdidas me han hecho más consciente del dolor ajeno, y más comprensiva, también me han hecho más proclive a callar. Tengo una visión más escéptica de la naturaleza humana y una mayor impaciencia con las personas que no están familiarizadas con lo que una pérdida puede provocar en una persona.
Soltar tópicos y soluciones mágicas sobre aquellos a quien decimos amar no hace más que negarles el derecho a llorar.
El dolor jamás desaparece: sólo aprendes a canalizarlo. Pero decir que mis pérdidas tenían que suceder para que pudieran florecer mis virtudes sería pisotear la memoria de todos aquellos que perdí demasiado temprano, de todos aquellos que sufrieron innecesariamente, y de todos aquellos que pasaron las mismas pruebas que pasamos tantas personas, sólo que no las superaron.
Yo no voy a hacer eso. No voy a fingir que Dios me eligió a mí para que viviera en lugar de todos los demás, que yo superé las pruebas porque yo era más fuerte o porque no lloré.
Creo que las personas aconsejan a los demás con tópicos cuando no comprenden nada.
Comprender algo es más difícil que posicionarse.
Asumir una responsabilidad personal implica que haya algo de qué asumir la responsabilidad. Nadie puede asumir la responsabilidad de ser violado o de perder a su hijo. Asumes la responsabilidad de cómo quieres afrontar los horrores a los que te enfrentas, pero no decides si aparece el dolor o no. No somos tan inteligentes ni tan poderosos. Cuando el infierno nos visita, no podemos esquivar el dolor.
Por eso todas las frases tópicas y soluciones mágicas son tan peligrosas. Le negamos al otro el derecho a ser humano, le robamos un poco de su libertad justamente cuando cruza el umbral de su mayor momento de fragilidad y desesperación.
La ironía es que la única actitud responsable ante una pérdida es la aceptación del dolor y del llanto.
He llorado unas cuantas pérdidas en mi vida. Los que me ayudaron –los únicos que me ayudaron- fueron los que simplemente estuvieron conmigo.
Estoy aquí – he sobrevivido – porque eligieron seguir a mi lado a pesar de mi desesperación. Ellos me amaban en su silencio, en su predisposición a sufrir conmigo y junto a mí. Ellos me querían en su deseo de sentirse tan incómodos, tan destruidos como yo, ya fuera por una semana, una hora, unos minutos o unos meses. La mayoría de la gente no tiene idea de lo poderoso que es esto.
La transformación y la sanación pueden ocurrir. Pero no ocurrirán si no nos permitimos el duelo. El duelo en sí no es un obstáculo. Los obstáculos vienen después.
Cómo elegimos vivir en adelante, cómo vamos a sobrellevar lo que hemos perdido, cómo vamos a tejer un nuevo mosaico para nosotros mismos… Eso es lo que viene a raíz del duelo.
Sin embargo, nuestra cultura trata el duelo como un problema a resolver o una enfermedad que hay que curar. Hemos hecho todo lo posible para evitar, disimular, ignorar, o transformar el dolor. Así que ahora, cuando te enfrentas a la tragedia, sueles descubrir que ya no estás rodeado de personas sino de tópicos.
“Todo sucede por alguna razón”, “llorar no sirve para nada”, “tienes que seguir adelante por tus otros hijos”…
Aunque hubiera alguna razón por la que se pudiera justificar mi tragedia, sería tan incapaz de comprenderla en esas circunstancias que resultaría de lo más inútil intentarlo.
Si llorar no sirviera de nada, la naturaleza no nos habría diseñado con la física y la función del llanto. Es obvio que llorar es necesario, que ayuda a canalizar la tristeza, a descargar la tensión, la rabia y todas las emociones indeseables que nos sobrepasan en determinados momentos. El llanto es sanador por sí mismo. Lo sabemos los que hemos sobrevivido meses y meses literalmente llorando. Ocultar y reprimir el llanto es contraproducente y a largo plazo tiene efectos muy indeseables.
Seguir adelante por los demás es el gran engaño. El deseo de vivir nace en lo más recóndito y profundo de uno mismo, o no existe. Nadie, nadie que no sea uno mismo puede inspirarte las ganas de vivir. Es cierto que ante una tragedia devastadora puedes llegar a perder las ganas de vivir. Es natural. Forma parte del proceso del duelo. Pierdes las ganas de vivir y pierdes las ganas de todo. No puedes cuidar de nadie, ni siquiera de tus propios hijos. Tienes que aceptar que has perdido las ganas de vivir, y confiar en que regresarán cuando puedan hacerlo. Y no escuchar frases tópicas.
Entonces, ¿qué podemos ofrecer en lugar de un «todo sucede por una razón» o “llorar no sirve de nada”?
Lo último que una persona devastada por el dolor necesita es un consejo. Su mundo se ha hecho añicos. Tratar de solucionar, racionalizar, o hacer desaparecer su dolor sólo incrementa su pánico.
En cambio, la cosa más poderosa que puedes hacer es aceptar. Decir, literalmente, las palabras:
Acepto tu dolor. Estoy aqui, contigo.
Ten en cuenta que he dicho contigo, no para ti. No voy a hacer nada para ti. Sólo estar contigo aceptando tu desesperación. Este es uno de los actos más valientes y poderosos.
Es por esta razón que, ante una tragedia que aflige profundamente a alguien con quien tienes algún tipo de vínculo, compruebo que muchas personas desaparecen de la escena. No es que no te quieran ya, no es que no se acuerden de ti y del dolor que estás atravesando: es que no están capacitados para simplemente estar allí sin esperar nada agradable a cambio, para dejar de ser por un tiempo el centro de atención, y para sufrir contigo, sin poner límites de intensidad ni de tiempo. Sí, he dicho sufriendo contigo, porque aunque la intensidad del dolor no aflige por igual a quien no ha sufrido la tragedia en su propia carne, estar a su lado es doloroso por sí mismo, por pura empatía.
No puedes hacer nada mejor por los demás que aceptar. Y eso no requiere ningún entrenamiento ni conocimiento especial – sólo la voluntad de estar presente y quedarse indefinidamente, el tiempo que sea necesario.
Quédate ahí. Simplemente quédate ahí.
No te marches cuando te sientas incómodo o cuando sientas que no estás haciendo nada. De hecho, es cuando te sientes incómodo y cuando te parece que no estás haciendo nada cuando más debes quedarte.
Acepto tu dolor. Estoy aquí, contigo.
Pues es en esos lugares – en las sombras del horror donde raramente nos permitimos entrar – donde encontramos el preludio de la curación. Esta curación se fragua cuando tenemos personas dispuestas a acompañarnos a entrar en ese espacio. Toda persona afligida necesita este tipo de compañía.
Todos podemos ser una de esas personas en un momento dado. Y todos las vamos a necesitar también en un momento dado. Cuando sientas esa necesidad, búscalas. Te aseguro que existen.
Francina Jaumandreu
Noviembre 2015
NOTA: Gracias a Tim Lawrence y The Adversity Within por las lecciones de resiliencia.