Lo que aprendí de Angelita en nuestras últimas conversaciones.
Estoy acostumbrada a ocupar un lugar muy concreto en los funerales: el de la celebrante. Acompaño a las familias, recojo sus recuerdos, presto mi voz a sus sentimientos…
Pero, a veces, asisto a un funeral por un motivo muy diferente. Porque la persona que ha fallecido pertenece a mi familia, a mi entorno cercano o a mi grupo de amigos. Entonces ya no puedo situarme únicamente en el lugar de quien acompaña el dolor de los demás. También tengo que atravesar el mío.
Este fue el caso de Angelita.
Angelita había sido mi vecina de Barcelona desde que nací hasta que dejamos la casa familiar y cada una siguió su camino.
Hace dos años le diagnosticaron un tumor que acabó llevándosela por delante.
Fui a León a verla el pasado mes de abril. Regresé del 6 al 8 de julio, poco antes de que se decidiera iniciar su sedación, y volví nuevamente el día 13, el día en que murió.
Quise estar al lado de Luis Manuel y ocuparme personalmente de todo aquello de lo que pudiera encargarme para que el funeral de Angelita fuera lo más íntimo, personal y fiel posible a sus deseos.
Pero esta vez yo no era la celebrante. Era su amiga.
A continuación, comparto las palabras que le dediqué en su funeral:
«Cuando estuve con Angelita el pasado mes de abril, veíamos desde la televisión del Hospital Monte San Isidro las procesiones de Semana Santa de León. Ella estaba muy lúcida y todavía hablaba; a ratos, mucho. Y tuvimos una de esas conversaciones que no suelen tenerse cuando alguien sabe que se acerca su hora. Porque Angelita no tenía ningún miedo.
No le preocupaba lo que hiciéramos con sus cenizas.
—Lo que quiera Luis Manuel —me dijo.
En cambio, sí le preocupaba él. Me contó que su unión había sido perfecta, que los dos encajaban de una manera extraordinaria. Agradecía enormemente la entrega con la que Luis Manuel la había cuidado. Y eso mismo se lo agradezco yo también.
Pocas personas he conocido con la capacidad y la voluntad que ha tenido Luis Manuel de permanecer al lado de alguien enfermo sin preguntarse cuánto tiempo quedaba, preocupado únicamente por ella. Angelita me dijo que él había hecho por ella lo que una madre haría por un hijo. ¿Qué más se puede pedir?
Cuando le pregunté cómo le gustaría ser recordada cuando ya no estuviera aquí físicamente, me respondió que quería respetar el recuerdo que, con el paso de los años, había ido dejando en las personas. No le interesaba embellecerlo. Le gustaba pensar que su presencia en la vida de los demás había podido hacer crecer algo dentro de ellos.
Tampoco le parecía apropiado que se hablara bien de una persona cuando ya se había marchado. Prefería que le dijeran en vida lo que le tuvieran que decir.
Hablamos de la vida y de la muerte. Me dijo que, para ella, la vida era un tránsito y que había que intentar ser feliz cada día con las pequeñas cosas, sin esperar a que sucedieran grandes acontecimientos.
Como, por ejemplo, atreverse a pedirme que le llevase unos chicharrones de mi pueblo.
—Hacía mucho tiempo que pensaba en los chicharrones —me dijo—, y era tan sencillo como llamarte a ti.
Me contó que se sentía muy querida por sus amigos y que no todo el mundo podía decir lo mismo. Para ella, el amor era lo más valioso de la vida. Me decía que se sentía rica.
Me dio las gracias por escucharla y por transmitir este mensaje suyo cuando llegara el final de su vida. También me confesó que sentía una envidia sana de mí, porque ella siempre había soñado con ser madre.
Angelita y yo tuvimos una relación un poco peculiar. Durante los primeros quince años de nuestras vidas fuimos vecinas. Éramos, como decía ella, «las chicas del 343».
Después pasaron muchos, muchísimos años durante los cuales cada una siguió su camino, bastante lejos del lugar donde habíamos nacido. Y, por circunstancias de la vida, volvimos a encontrarnos hace unos pocos años.
Al principio y al final. Así fue nuestra amistad.
Para mí ha sido una sorpresa muy bonita reencontrarme, ya de mayores, con mi vecina de cuando éramos niñas y descubrir en ella a una persona que, en realidad, todavía no conocía.
No me voy a poner a hablar bien de ti, porque eso no es lo que tú querías.
Solo quiero darte las gracias por haberme permitido entrar en tu corazón y en tu vida. Por todas aquellas conversaciones telefónicas interminables en las que intentábamos arreglar lo que no tenía arreglo, pero en las que, al menos, nos apoyábamos mutuamente. Tú con tu enfermedad física, y yo con mis tormentos emocionales.
Gracias por haberme permitido estar a tu lado durante tu enfermedad, aunque fuera desde la distancia, y por haber confiado en mí en esta última etapa de tu vida.
Aprendí cosas importantes de ti: a separar lo que importa de lo que no; a agradecer todo lo bueno que tengo en mi vida; a disfrutar de las pequeñas cosas; a no quejarme tanto y a tomarme algunas situaciones menos en serio.
Tú querías una despedida divertida y no sé cómo cumplir hoy tu deseo, porque la realidad es que estoy triste.
Pero dame unos días.
Pronto me reuniré con alguna de tus amigas de Barcelona. Subiremos a las escalinatas del Sagrado Corazón del Tibidabo para recordarte desde allí, con vistas panorámicas sobre toda la ciudad, como tú me pediste. Después bajaremos a la ciudad, nos tomaremos un refresco a tu salud y hablaremos de ti con una sonrisa.
Con una sonrisa y, sobre todo, con una inmensa gratitud.
Buen viaje a la eternidad, amiga.»