XIX Jornada de Acompañamiento al Duelo y la Enfermedad – Universidad de Lleida
El pasado 13 de marzo tuve la oportunidad de asistir a la XIX Jornada de Acompañamiento al Duelo y la Enfermedad, celebrada en el Auditorio del Campus de Cappont de la Universidad de Lleida. Una jornada intensa que, desde las 9.30 de la mañana hasta la tarde, reunió a profesionales y expertos dedicados a comprender y acompañar el sufrimiento humano.
Estos encuentros tienen un valor inmenso porque nos ayudan a profundizar en la comprensión del duelo: en su alcance, en sus formas y, sobre todo, en las herramientas que nos permiten acompañar mejor a las personas que atraviesan la pérdida de un ser querido o la privación de la salud.
Este año, además, la jornada puso también el foco en una realidad a menudo poco visibilizada: el duelo que genera la diferencia, tanto en la persona que la vive como en sus progenitores.
Para alguien como yo, asistir a esta jornada es importante y necesario. No solo porque mi trabajo consiste en acompañar a personas que han perdido a un ser querido y ayudarles a despedirse con amor y belleza, cerrando un ciclo con respeto y dignidad, sino también porque mi propia vida ha estado atravesada por pérdidas fundamentales que he tenido que aprender a vivir y a trascender.
Mientras escuchaba a los ponentes, las horas pasaban volando. Aprendía conceptos nuevos, refrescaba ideas que ya forman parte de mi bagaje y, en algunos momentos, me emocionaba al reconocer fragmentos de mi propia historia en las palabras de quienes investigan y reflexionan sobre el duelo.
Todas las ponencias tuvieron su valor, pero quisiera destacar especialmente la de Montse Esquerda, La ciencia y el duelo: una intervención clara, profunda, reveladora y muy esclarecedora.
También me llegó especialmente la intervención de Francesc Torralba. Fue muy honesto escuchar a un filósofo que, más allá del conocimiento teórico sobre el duelo, hablaba también desde su experiencia personal de la pérdida de su hijo. No solo desde la teoría, sino desde la vivencia humana. Y eso, viniendo de un intelectual como él, es profundamente de agradecer.
La mesa redonda “Acompañar en la desventura” también fue especialmente enriquecedora. Las aportaciones de Maria Nabal (¿Nos ayuda la espiritualidad en la enfermedad y el duelo?), Àngels Ponce (El duelo por un hijo diferente: afrontar la discapacidad) y Carla Cussó (El cuidado que sostiene los duelos que nos habitan: gestión emocional y cuidado profesional ante el duelo) fueron, cada una a su manera, profundamente didácticas e inspiradoras.
Y detrás de todo ello hay que reconocer también la labor de Anna Maria Agustí, vital e incansable, verdadero motor humano de esta jornada y de su organización, que año tras año hace posible este espacio de reflexión y aprendizaje compartido.
Fue, en definitiva, una jornada de conocimiento, reflexión y humanidad. Uno de esos encuentros que recuerdan hasta qué punto acompañar el dolor de los demás es una tarea que exige conocimiento, sensibilidad y una profunda conciencia humana.